Al poniente se alza el grande e pesado palácio de D. João VI(grande y pesado palacio de D. João VI) – el Palacio de Ajuda –, nacido de las cenizas del Real Barracón que un incendio consumiera en 1794, cuando aún allí vivía D.ª Maria I. Este palacio neoclásico, proyectado por Fabri y Costa e Silva a partir de 1802, jamás sería concluido, quedando interrumpido por las Invasiones Francesas y la transferencia de la Corte a Brasil. Al naciente, en lo alto de la colina, los ciprestes imóveis dos Prazeres(cipreses inmóviles de Prazeres) se alzan como centinelas silenciosos sobre la ciudad de los muertos.

La descripción de Ramalho es simultáneamente panorámica y simbólica. El escritor no se limita a catalogar edificios: dibuja una geografía moral de Lisboa. Los palacios aristocráticos, el observatorio científico, el palacio real inacabado y el cementerio componen un retrato de la ciudad entre gloria y melancolía. La referencia al palacio devorado pelas chamas (devorado por las llamas) y al cementerio como "ciudad muerta" introduce una nota elegíaca: esta Lisboa que Ramalho observa desde el vapor es ya una ciudad atormentada por el pasado, donde los símbolos del poder conviven con los signos de la decadencia y la mortalidad. El contraste entre el movimiento del vapor modernizador y la inmovilidad de los cipreses funerarios es elocuente.

Hoy, el visitante que rehaga este viaje encontrará el Palacio de Ajuda transformado en museo desde 1968, con sus colecciones de artes decorativas y el reciente Museo del Tesoro Real inaugurado en 2022 en el ala poniente finalmente concluida. El Cementerio de Prazeres mantiene sus cipreses y sepulcros decimonónicos, testimonio silencioso de generaciones. Observando este paisaje con los "ojos de Ramalho", se puede reflexionar sobre cómo el viaje en barco documentaba no solo el recorrido geográfico sino también el recorrido temporal de una nación: de las glorias manuelinas a los palacios inacabados del siglo XIX, de la vida a la muerte, del movimiento a la inmovilidad.