Del otro, el abandono decimonónico: maestros de obras incompetentes sustituyendo elementos fundamentales de la estructura, intervenciones que ofendían "los más rudimentarios conocimientos de arte", capillas votadas al descuido, piedras disgregándose, el "inmortal poema" transformándose en ruina por pura incuria nacional. Ramalho Ortigão no escribía como historiador distante o como técnico neutral. Escribía como cronista indignado, como guardián inconformista que veía el tesoro nacional ser dilapidado ante la indiferencia general. Su prosa, habitualmente elegante y controlada, se volvía vehemente cuando trataba del estado de los monumentos: "¡Malditas sean las manos que te profanaron!", había exclamado Garrett sobre Santarém, y Ramalho hacía eco a ese grito. Pero donde Garrett se había limitado al lamento, Ramalho proponía acción. Las obras de restauración realizadas en Batalha entre 1840 y 1900 constituían, en su análisis, un "auténtico desastre", un "barbarismo arquitectónico" resultante de la "ignorancia e incompetencia de quienes las habían ejecutado". No había existido "programa de conjunto", ni "estudio previo", ni "determinación de método", ni "sanción crítica", ni "fiscalización técnica", ni "policía artística de especie alguna". Era la improvisación, la prisa, la economía mal entendida—todo aquello más contrario que se podría hacer al espíritu que había presidido la construcción original. Las Capillas Imperfectas, esa "incomparable joya de arquitectura portuguesa más característicamente regional", habían sido simplemente abandonadas, "votadas al abandono, ante el desinterés revelado por el poder local y por los organismos responsables de su conservación y preservación". Era como si la nación hubiera perdido la capacidad de reconocerse en sus propios monumentos, como si hubiera un abismo entre el Portugal que había construido Batalha y el Portugal que la dejaba arruinarse. La metáfora era cristalina: el patrimonio amenazado era la propia nación amenazada. Si el monumento era "testimonio irreprochable de la historia", su abandono era amnesia colectiva, era pérdida de identidad, era lenta disolución de lo que hacía de Portugal una entidad distinta y coherente. Y de ahí la urgencia de la preservación: no se trataba apenas de salvar piedras antiguas—se trataba de salvar la memoria, la tradición, el alma nacional misma. Ramalho sabía que escribía para dos públicos distintos. Por un lado, los decisores políticos y los técnicos responsables, a quienes proporcionaba argumentos científicos, ejemplos europeos, propuestas concretas de reorganización de los servicios de conservación. Por otro, el "pueblo" en sentido amplio, a quien procuraba enseñar a amar el patrimonio a través de la revelación de su belleza y su significado. La educación patrimonial era, en su visión, simultáneamente causa y consecuencia de la preservación: solo un pueblo educado protegería sus monumentos; pero solo la protección eficaz permitiría que los monumentos cumplieran su función educativa. Esta era la misión que había asumido al escribir El Culto del Arte en Portugal: despertar a la nación para la conciencia de sí misma, proteger enseñando a amar, transformar la indiferencia en celo, el abandono en culto. Y el Monasterio de Batalha, con toda su carga simbólica y toda su belleza amenazada, era el ejemplo perfecto—el caso que sintetizaba todos los demás, la herida más visible en un cuerpo nacional que urgía curar.