Allí se tomaban baños de mar desde principios del siglo XIX, primero en la prestigiosa barcaza real que anclaba junto a la playa, después en barracas puntiagudas que daban al arenal o ar de um acampamento de ópera cómica(el aire de un campamento de ópera cómica). Pero Belém era sobre todo la plaza de los Jerónimos transformada en feria, con tres largas hileras: la primera, junto a la iglesia, alineaba quincallas, loza de Caldas y tabernas donde las "niñas de ojos sentimentales" bebían groselle al son de un piano; la segunda era o orgulho da cozinha portuguesa(el orgullo de la cocina portuguesa), con las tascas de gastronomía popular presididas por Vatéls célebres – el Viejo Pinxa, Guilhermina, Vicente –, sirviendo las tradicionales queijadas da Sapa, dulces de huevo y licor de rosa.

El fragmento revela cómo Belém encarna una de las tensiones centrales de As Praias de Portugal: la oscilación entre tradición y modernidad, aristocracia y popularización. Ramalho observa con nostalgia la transformación de las antiguas tabernas en espacios donde modernamente se venden helados aristocráticos, pero celebra simultáneamente la autenticidad de las tascas nacionales y la cocina genuina. La proximidad a Lisboa había hecho Belém accesible a las clases medias, provocando el abandono progresivo de la playa por la aristocracia que buscaba arenales más distantes. Belém dejaba de ser la primeira praia dos lisboetas(primera playa de los lisboetas) para convertirse en destino dominical de la burguesía urbana, en una democratización del ocio balneario que el escritor documenta con ambivalencia.

Hoy, el visitante de Belém ya no encuentra la playa de baños ni la feria en la plaza de los Jerónimos, pero la tradición repostera permanece en los famosos pastéis de Belém y en las múltiples pastelerías que evocan las antiguas queijadas da Sapa. Observando la plaza monumental con los "ojos de Ramalho", se puede imaginar las tres hileras bulliciosas, el piano de las tabernas, las tascas populares, y reflexionar sobre cómo los espacios urbanos transitan entre funciones: de playa aristocrática a feria popular, de suburbio balneario a barrio patrimonial turistificado, manteniendo siempre una relación ambigua entre tradición gastronómica y modernización comercial.