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Claustros del Convento de Celas
Cuando Ramalho Ortigão visitó el Convento de Celas a finales del siglo XIX, el pequeño monasterio cisterciense fundado por D. Sancha, hija del rey Sancho I, enfrentaba una amenaza inaudita: el gobierno pretendía venderlo en subasta pública por la irrisoria suma de un conto de réis.
Más grave aún, proponía serrar los capiteles historiados de las columnas para recogerlos en un museo, como si fuera posible amputar el alma de un cuerpo y esperar que ambos sobrevivieran. Una voz anónima protestó mediante un folleto impreso en Coimbra, pero poquísimos periódicos acudieron al llamado. El claustro, ya entonces "espantosamente desplomado de la perpendicularidad de sus columnas", aguardaba apenas el más leve de los pretextos para desmoronarse por completo.
La descripción que Ramalho nos legó constituye una de las páginas más conmovedoras de "El Culto del Arte en Portugal". El escritor captó con rara sensibilidad aquel momento de transición del románico al gótico, visible en los capiteles cúbicos que narran en deliciosas figuritas los episodios de la vida de Cristo y de la Virgen – la Anunciación, el Sueño de Nuestra Señora, la Adoración de los Reyes Magos, la Huida a Egipto. Observó que, por primera vez en las representaciones de este período, Cristo aparece flagelado por la corona de espinas y con los pies superpuestos, fijados por un solo clavo. Pero es sobre todo la armonía del conjunto lo que le fascina: la dimensión "recogida" del recinto, amoldada al paso ligero de las monjas; el estilóbato revestido de azulejos de la época, ajedrezados en verde y blanco; la pequeña altura de los fustes, proporcionados a la estatura de una novicia que podría "desde el suelo acariciar las imágenes de los capiteles con una flor de azucena". Ramalho compara el claustro con una fuente murmuradora que no canta al sol en tazas de pórfido suspendidas por náyades, sino que brota de la roca viva, "pura como la nieve y prístina, escondida entre peñascos", como los manantiales de las montañas portuguesas "engalanados con violetas en flor".
Hoy, el visitante que atraviesa el Largo de Celas encuentra un monumento que sobrevivió a las amenazas decimonónicas, aunque transformado por el tiempo y las sucesivas funciones – asilo, sanatorio, hospital pediátrico hasta 2011. En las dos galerías medievales subsisten los capiteles que Ramalho describió con tanto fervor, testimonios de ese "candor virginal" de un artista que entraba "con toda la frescura intacta del sentimiento en la sinceridad de un arte nuevo". Conviene observarlos con la misma atención que el escritor dedicó a cada detalle, buscando en ellos no sólo la maestría técnica, sino esa cualidad "inefablemente pura, toda de intimidad y de religión" que hace de Celas uno de los más raros ejemplos de la sensibilidad gótica portuguesa.
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