Las familias portuenses que se desplazaban allí en verano enfrentaban una verdadera expedición: los pesados carromatos tirados por bueyes partían de madrugada del Carmo o de la Porta Nobre, llevando a los bañistas en un trayecto que consumía el día entero, ida y vuelta incluidas. Ramalho recordaría más tarde, con su habitual ironía, que el carromato era demasiado lento para una jornada que tenía que hacerse, ida y vuelta, en la misma mañana, razón por la cual algunas familias le preferían la recua de burros. Las instalaciones eran de la más extrema rusticidad. Dos hospederías—la de Julião, frente al Castillo, y la de Silvestre, al fondo de la calle Direita—constituían todo el alojamiento disponible, completado por el café de la Senhora da Luz y la Asamblea del Mallen, en la esquina de la playa de los Ingleses. La vida cotidiana de los veraneantes era de una sencillez casi arcaica:

Desayunar, almorzar, secar el cabello, es la ocupación ordinaria de los bañistas en esta playa, desde las ocho de la mañana hasta el final de la tarde.

Las Playas de Portugal
Los paseos favoritos se limitaban al faro de la Senhora da Luz por la mañana, a la feria de día y a la Cantareira por la tarde, cuando llegaban las lanchas del pescado. En cuanto a los hábitos alimentarios, el escritor nos dejó esta descripción deliciosa:

Por la mañana, después del baño, a las ocho, se desayunaba café con leche, pan con mantequilla fresca (...) Al mediodía se almorzaba. A las Ave-Marías, nos persignábamos, rezábamos el Ángelus al toque de la campana de la Iglesia y tomábamos té con pan de Vilar y galletas de Avintes.

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La Foz en crecimiento acelerado

La década de 1870 trajo una transformación radical. La inauguración de dos líneas de tranvía—el americano—acercó decisivamente la Foz a Oporto, reduciendo el trayecto a unos treinta minutos. Este avance desencadenó un aumento notable de bañistas y desató la transformación de la antigua población de pescadores en un suburbio residencial de la burguesía portuense. El carácter social de la playa se diversificó: a la burguesía comercial de Oporto se unieron las familias propietarias del Duero, que venían a pasar la temporada de baños, y la colonia inglesa, que eligió la Praia dos Ingleses como su refugio preferencial, en busca de la tranquilidad que la creciente afluencia de bañistas había comprometido en las playas centrales.

Sin servicios balnearios

Ramalho fue crítico implacable de las deficiencias de los llamados establecimientos de baños:

La balneación se hace de un modo enteramente primitivo" (...) Cuando algún bañista manifiesta síntomas de asfixia o de congestión, lo cual es vulgar, no hay recursos terapéuticos con que socorrerle. No hay servicio de agua caliente. Los bañistas, para despegar la arena de los pies, los lavan generalmente en agua fría cuando la reacción comienza.

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La ausencia de medidas higienistas y terapéuticas contrastaba fuertemente con las prácticas de los balnearios europeos, que el escritor conocía bien por sus viajes. La falta de un verdadero establecimiento de baños, con instalaciones adecuadas, médicos presentes y tratamientos complementarios, reducía la experiencia balnearia a un simple chapuzón en el mar. Esta evolución revela un cambio profundo en la propia concepción de los baños de mar. Si en los primeros tiempos del siglo el carácter terapéutico aún predominaba, progresivamente la dimensión de ocio se fue imponiendo. La Foz se volvía menos un lugar de cura y más un espacio de sociabilidad burguesa, donde las familias portuenses exhibían su posición social, cultivaban relaciones y se entregaban a los placeres de la vida balnearia. Ramalho fue testigo y documentó esta transición con su pluma incisiva, registrando para la posteridad aquella "Foz Vieja" que en pocas décadas dejaría de existir, absorbida por la expansión urbana de la ciudad.