"Los monumentos y los objetos de arte nacional se guardan únicamente por el amor del pueblo, una vez despertado para la conciencia y para el orgullo de sí mismo"—esta frase, escrita en El Culto del Arte en Portugal, sintetizaba todo su programa. La misión del arte—"y por tanto de la religión y de la poesía"—consistía "simplemente en proteger enseñando a amar". No bastaba legislar, crear comisiones, nombrar inspectores. Era preciso educar al pueblo para que él mismo se tornase guardián de su patrimonio. Esta visión implicaba una inversión radical de las prioridades. Donde los gobernantes veían apenas edificios antiguos que costaban dinero conservar, Ramalho veía instrumentos de educación cívica y estética. Donde los técnicos veían problemas de ingeniería estructural, él veía oportunidades de sensibilización colectiva. El inventario que proponía no era apenas un instrumento burocrático—era un acto pedagógico que obligaría al país a mirarse a sí mismo, a reconocer la riqueza de lo que poseía. Las fichas de inventario que Ramalho proponía deberían contener no apenas datos técnicos (dimensiones, materiales, estado de conservación), sino también información histórica y artística accesible al público en general. Cada monumento debería estar acompañado de documentación que permitiese al visitante común comprender lo que estaba viendo, situarse históricamente, apreciar estéticamente. La idea, revolucionaria para la época, era que el patrimonio no pertenecía a los especialistas—pertenecía al pueblo, y al pueblo debería ser devuelto a través de la educación. Esta pedagogía patrimonial tenía aún una dimensión prospectiva. Ramalho no quería apenas conservar el pasado—quería que el conocimiento del pasado informase la creación presente. La función del arte del pasado no era tornar a los portugueses cautivos de una contemplación nostálgica, sino "abrir el camino para una estética nacional más adecuada a los nuevos tiempos". El patrimonio no debería ser museo muerto, sino escuela viva. Esta era la misión que Ramalho había asumido al escribir sobre Batalha: despertar a la nación para la conciencia de sí misma a través del ejemplo más elocuente que podía ofrecer—el monumento que celebraba la propia fundación de la independencia nacional. Si ni siquiera ese monumento lográsemos preservar, ¿qué esperanza habría para los restantes? Pero si lográsemos salvarlo—no apenas físicamente, sino también simbólicamente, transformándolo en objeto de conocimiento y orgullo colectivo—, entonces quizás habría esperanza de salvar también a la propia nación.