El vizconde de Vila Nova da Cerveira, secretario de estado, había enviado desde Salvaterra de Magos las medidas exactas de la berlina regia. Aplicado el calibre al estrecho tránsito, se constató que faltaban "palmo o palmo y medio"—lo suficiente para que los cubos de las ruedas quedaran atascados entre los dos monumentos. La solución de los ediles fue expedita: arrasaron la Torre del Alporão, testigo del dominio romano, mirador desde donde el árabe había dictado al pueblo la ley de Mahoma durante la ocupación sarracena. La reina pasó. La torre desapareció. Santarém quedó más pobre de memoria. Más de un siglo después, en 1896, la historia amenazaba con repetirse. Una Comisión Técnica nombrada por el Ayuntamiento proponía ahora la demolición de la Torre de las Calabazas—no para dar paso a una soberana, sino a los propios regidores. Fue entonces cuando Ramalho Ortigão, ya sexagenario y veterano en las batallas por la preservación del patrimonio, empuñó la pluma en defensa de aquella "simple pieza de albañilería cuadrada" que, paradójicamente, representaba mucho más de lo que su aparente modestia arquitectónica sugería. La Torre y la Leyenda El nombre "Torre de las Calabazas" proviene de la singular estructura que la corona: cuatro varillas de hierro, apoyadas oblicuamente en los cuatro ángulos de la torre, convergen en la cima para sostener una campana al descubierto, y están revestidas de jarras de barro de la alfarería local—calabazas destinadas a amplificar la sonoridad del bronce en el tañer de las horas y las señales de rebato. La memoria popular, sin embargo, prefiere una explicación más irreverente: las calabazas representarían las "cabezas huecas" de los regidores que decidieron erigir tan poco atractivo macizo fortificado. La ironía popular no está desprovista de fundamento. La aparente fealdad de la torre proviene principalmente de las sucesivas alteraciones a las que fueron sometidas las murallas y cuerpos adyacentes localizados en su base, concediendo al conjunto una visión de desequilibrio volumétrico. No obstante, la historiografía diverge en cuanto a su origen: algunos atribuyen la construcción primitiva al reinado de Don Manuel I, otros apuntan a una datación anterior, confirmada por los vestigios de murallas al norte y por las señales de aparatos diferentes sobre la construcción inicial. Lo cierto es que la torre fue objeto de obras durante los reinados manuelino y juanino, y sufrió intervenciones documentadas en 1604, bajo Felipe II de Portugal. La Estética del Improviso Ramalho Ortigão comprendió lo que los "conspicuos burgueses del senado de Santarém" no podían entender: la Torre de las Calabazas no se construyó para ser contemplada desde los palacios del concejo, "con sombreros de copa, levitas dominicales y barbas afeitadas." Se hizo para ser mirada "desde el vasto campo de Golegã o el campo de Almeirim, viniendo del Valle, viniendo de Coruche, de Benavente, o de la Barquinha, a través de los olivares, las tierras de siembra y las eras del término de Santarém, con chaqueta y zapatos de madera, montando una yegua de capataz." El escritor reconocía en aquella "ventana de campana, que parece montada en cuatro palos," una auténtica obra de arte—no por la monumentalidad o nobleza de los materiales, sino por la capacidad de evocar "el origen árabe, la vida nómada, la tradición pastoral de la región en que surgió." Su "extraño remate" le confería una facción "verdaderamente especial, inconfundible, indeleble," convirtiéndola en "el campanario más sugestivo, más anecdótico, más interesante, más cariñoso, más familiar, más lindo de toda esa tan hermosa campiña ribatejana, la sonrisa agraria más abierta de la tierra portuguesa." Ortigão defendía que no había "razón alguna plausible para que, como motivo ornamental de una torre, se prefiera a la hoja de acanto o al zarcillo en voluta de la arquitectura griega nuestra linda jarrita de barro rojo de Reguengo, de Atalaia o de Asseiceira." La defensa de la torre era, en el fondo, la defensa de una estética autóctona, enraizada en la cultura material del Ribatejo, contra la servilismo a cánones clásicos importados. El Clamor Popular y la Clasificación La propuesta de demolición de 1896 desencadenó una vasta ola de indignación popular a favor de la preservación de la torre. Ramalho comparó sarcásticamente la situación: "Que bajo el antiguo régimen los regidores de Santarém echaran abajo la Torre del Alporão, para que pasara una reina, es una desdicha en extremo lamentable, pero que bajo el régimen vigente se eche igualmente abajo la Torre de las Calabazas, para que pasen los propios regidores, es un gran desvarío de la administración pública para mucho peor de lo que estábamos en el tiempo de la muy añorada señora Doña María I." El escritor invocó también la leyenda de las tres tinajas enterradas en la Alcazaba—una llena de oro, otra de plata, otra de peste—insinuando que el Ayuntamiento había encontrado solo la última "para derramarla sobre los monumentos públicos sujetos a su jurisdicción y confiados a su custodia." La movilización tuvo éxito. La torre permaneció. Y en 1928, tres décadas después de la batalla de Ortigão, fue clasificada como Monumento Nacional—reconocimiento oficial de que aquella "simple pieza de albañilería cuadrada" era, al fin y al cabo, repositorio insustituible de memoria colectiva y de identidad local. Epílogo: El Núcleo Museológico del Tiempo Entre los años 30 y 50, la Dirección General de Edificios y Monumentos Nacionales condujo intervenciones de conservación y restauración que prepararon la Torre de las Calabazas para albergar un núcleo museológico dedicado al Tiempo. La refuncionalización concilia hoy la preservación del monumento con su apertura al público, permitiendo que visitantes contemporáneos comprendan la singularidad de aquella estructura que Garrett invocara anacrónicamente en El Cerrajero de Santarém y que Ramalho Ortigão salvara del pico del ayuntamiento. En lo alto de la torre, las calabazas de barro continúan amplificando el sonido de la campana—ya no para gobernar las horas de los vaqueros, pastores y arrieros, sino para recordar a quienes visitan Santarém que la preservación del patrimonio no es acto de nostalgia conservadora, sino de reconocimiento de que en la diversidad de las formas arquitectónicas reside la propia identidad de un pueblo. Ortigão lo sabía bien: la Torre de las Calabazas, con su aspecto de "improvisación y de provisionalidad," es paradójicamente más permanente que muchos monumentos de piedra labrada—porque representa no la ambición imperial o la ostentación del poder, sino la persistencia creativa del genio popular.