El escritor, como vocal de la Comisión de Monumentos Nacionales, discrepa de la propuesta oficial de instalar allí el Archivo de la Torre do Tombo y defiende, como alternativa, la creación de un museo naval. La elección no es arbitraria: para Ramalho, el monumento manuelino es indisociable de la vocación marítima de Portugal, y la parroquia de Santa Maria de Belém constituye una "institución históricamente sagrada", nacida de la voluntad del Infante D. Henrique que transformó inhóspito areal do Restelo(el inhóspito arenal del Restelo) en una población de apoyo a los navegantes, plantando árboles, abriendo fuentes, construyendo la primitiva ermita en el lugar exacto donde D. Manuel erigiría después la suntuosa iglesia.

El fragmento revela la dimensión patrimonial del pensamiento de Ramalho, que no separa monumentos de funciones históricas. Al defender la permanencia de la parroquia y la instalación de un museo naval, el escritor propone una continuidad entre la vocación fundacional del lugar – refugio y amparo espiritual de los mareantes – y su utilización contemporánea. Esta visión anticipa conceptos modernos de musealización que respetan el "alma" de los edificios. La insistencia en la memoria litúrgica del Infante, recordada en cada misa desde el siglo XV, muestra cómo Ramalho entiende el patrimonio: no como ruina congelada, sino como tradición viva que atraviesa siglos.

Hoy, el visitante de los Jerónimos encuentra precisamente aquello que Ramalho preconizó: desde 1962, el Museo de Marina ocupa las alas norte y poniente del monasterio, con el Pabellón de las Galeotas exponiendo las embarcaciones reales. La iglesia se mantiene como parroquia activa. Observando el claustro manuelino y las colecciones navales con los "ojos de Ramalho", se puede comprender cómo la defensa del patrimonio implica pensar no solo la conservación física de los monumentos, sino también la coherencia entre su historia y su uso, entre la memoria fundacional y la función presente.