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Mirar la Ventana Hoy, con Ramalho Ortigão
¿Qué significa, hoy, afirmar que la ventana de Tomar es "la obra más portuguesa"?
La cuestión es más compleja—y más peligrosa—de lo que parece. Ramalho usaba la expresión en un contexto de nacionalismo defensivo, buscando probar que Portugal poseía una especificidad artística muy propia.
Pero el advenimiento del siglo XX, con sus guerras y catástrofes nacionalistas, nos enseñó a desconfiar de los discursos identitarios esencialistas, de las celebraciones acríticas del "genio nacional," de los intentos de encerrar el arte en una jaula étnica.
La ventana de Tomar es portuguesa, no porque exprese alguna esencia racial inmutable, sino porque condensa en una forma arquitectónica singular una experiencia histórica irrepetible: la de un pequeño reino ibérico que, durante algunas décadas, logró articular una red comercial y militar a escala de tres continentes, financiada por una orden religiosa medieval transformada en corporación capitalista.
Esa experiencia dejó marcas—en las instituciones, la lengua, la gastronomía, la música, la literatura, la arquitectura. La ventana de Tomar es una de esas marcas. No la única, no necesariamente la más importante, pero ciertamente una de las más elocuentes. Y reconocer su "portuguesidad" no es ceder al nacionalismo mezquino, sino aceptar que la historia produjo diferencias, particularidades, idiosincrasias que merecen ser comprendidas, preservadas, transmitidas.
Pero si la miramos con los ojos de Ramalho Ortigão, la "portuguesidad" de esa ventana no reside solo en los motivos decorativos (alcornoques, corcho, campanillas alentejanas). Reside sobre todo en la actitud que presidió su creación: la capacidad de sintetizar elementos heterogéneos—gótico estructural, ornamentación renacentista, iconografía oriental, referencias atlánticas—en una composición viva.
Esta capacidad de síntesis puede ser leída como característica histórica de la cultura portuguesa—no exclusiva, ciertamente, porque todas las culturas son, en grados variables, eclécticas, pero particularmente acentuada en un país que fue, durante siglos, frontera porosa entre mundos civilizacionales distintos.
La invitación que dirigimos al visitante del Convento de Cristo, en Tomar, es, ante todo, una invitación a la experiencia directa. Ningún texto, por más minucioso que sea en la descripción, por más sofisticado que sea en el análisis, sustituye el enfrentamiento físico con la obra.
Ver con los Propios Ojos
Es necesario ir a Tomar, subir la cuesta hasta el Convento de Cristo, atravesar las sucesivas capas de construcción—desde las murallas templarias hasta los claustros renacentistas—, colocarse en el patio frente a la fachada oriental, y ver. Ver con los propios ojos la ventana que Diogo de Arruda esculpió y que Ramalho Ortigão describió.
Ver cómo la luz oblicua de la mañana—es mejor ir muy temprano—, viniendo del naciente, incide en la piedra caliza, realza los relieves y crea sombras que transforman la superficie bidimensional en paisaje tridimensional de una riqueza impresionante.
Ver cómo, al desplazarse lateralmente, el visitante descubre pormenores que no eran visibles desde el centro, percibe que la ventana cambia según el punto de vista, que no hay perspectiva privilegiada desde la cual toda la composición se vuelva transparente.
Ver, también, las señales del tiempo: la erosión de la piedra en ciertas zonas, las manchas de líquenes, las reparaciones más o menos afortunadas que las sucesivas "restauraciones" han dejado.
Una Ventana Tocada por el Tiempo
La ventana que contemplamos hoy no es exactamente la misma que Arruda entregó en 1515, ni la que Ramalho vio a finales del siglo XIX. Es un documento arquitectónico sobre el cual cada época inscribió sus intervenciones, sus cuidados y sus descuidos. Y esta dimensión temporal, lejos de empobrecer la obra, la enriquece.
Pero ver con los propios ojos puede ser también ver con Ramalho, a través de las categorías descriptivas que él fijó, pero también más allá de él, buscando los significados que nuestra época puede descubrir y que el siglo XIX no anticipó.
La ventana permanece como enigma inagotable precisamente porque resiste el cierre interpretativo. Ramalho vio en ella el apogeo del imperio y la prueba de la singularidad artística nacional.
Nosotros, que vivimos en un Portugal poscolonial, posimperial, europeo y globalizado, podemos ver otras cosas: la ambigüedad moral de un imperio construido sobre la esclavitud y la violencia; la hibridez cultural de una nación que siempre fue, ella misma, frontera y síntesis; la fragilidad de todas las ambiciones imperiales, condenadas a dejar como único vestigio duradero no los territorios dominados sino las obras de arte creadas.