Entre su nacimiento y la partida hacia la capital, Ramalho consolidó lo que se convertiría en la materia fundamental de su obra: el Oporto decimonónico, con sus calles, sus tipos característicos, sus costumbres y sus transformaciones. Fue un observador atento de este mundo en transformación, primero como profesor de francés en el Colégio da Lapa, después como folletinista del Jornal do Porto a partir de 1859, donde hizo su debut.

El encuentro con Eça

La mudanza a Lisboa coincidió con el gran punto de inflexión literario de Ramalho. En 1868, ya en la capital, se encuentra con Eça de Queirós, recién regresado de su viaje a Egipto y Palestina. Juntos conciben O Mistério da Estrada de Sintra (El Misterio del Camino de Sintra) y, poco después, As Farpas (Las Púas), la crónica mensual que los haría famosos. Fue en As Farpas, y no en los folletines de Oporto, donde Ramalho encontró su estilo maduro.

La distancia temporal y geográfica le permitió pintar su ciudad natal con una perspectiva que carecían sus primeros escritos. Oporto aparecería entonces en As Farpas y en Crónicas Portuenses (Crónicas de Oporto), alcanzando su punto más alto en el célebre prefacio a la edición monumental de Amor de Perdição (Amor de Perdición) de Camilo Castelo Branco, donde Ramalho evoca con rara belleza la generación literaria romántica portuense.

Una ciudad en transformación

El Oporto que Ramalho describe es el de la segunda mitad del siglo XIX, un periodo de profunda transformación urbana y social. Tras las convulsiones de la guerra civil y la consolidación del liberalismo, la Regeneración trajo una nueva fisonomía a la ciudad norteña: se abrieron calles amplias como las de Mouzinho da Silveira y Passos Manuel, surgieron barrios enteros como los del Palácio y de la Duquesa de Bragança, y se demolieron las viejas arterias medievales.

Palacio de Cristal, siglo XIX
Palacio de Cristal, ilustración del siglo XIX
Archivo Municipal de Oporto
PT-CMP-AM/COL/HPC/1676/F.C:HP:12:2

El escritor fue testigo de la sustitución de los carros tirados por bueyes por los chars-à-bancs y más tarde por los americanos (tranvías) que conectaban Oporto con Foz do Douro en treinta minutos. Fue también el tiempo de la afirmación de una burguesía comercial enriquecida, que se distinguía de la antigua nobleza y transformó tanto el tejido urbano como la vida cultural de la ciudad, frecuentando el Teatro de São João, la Sociedad de Instrucción de Oporto y el Palacio de Cristal.

Ramalho Ortigão fue más que un simple cronista; fue un testigo privilegiado de los cambios que atravesaron la sociedad portuguesa decimonónica. Su obra nos ofrece hoy un retrato insustituible de un Oporto que oscilaba entre la tradición y las promesas de un progreso no siempre bienvenido. Es esta mirada simultáneamente crítica y nostálgica, irónica y conmovida, la que hace de Ramalho el gran cronista de la ciudad invicta.