Herculano, en particular, había sido incansable en su cruzada. Desde 1838, en las páginas de O Panorama, había clamado por una "nueva cruzada" contra "la índole destructora de los hombres de hoy". En "Monumentos Patrios", había escrito con vehemencia profética: "Alzaremos un grito a favor de los monumentos de la historia, del arte, de la gloria nacional, que todos los días vemos desmoronarse en ruinas." Para Herculano, como escribiría en "El Castillo de Faria", "un gran edificio, fuese cual fuese el destino que su fundador quisiera darle, es siempre y de muchos modos un libro de historia [...] Los castillos, los templos, y los palacios, triple género de monumentos que encierra en sí toda la arquitectura de la Europa moderna, forman una crónica inmensa, en que hay más historia que en los escritos de los historiadores." Garrett, por su lado, había dejado en Viajes por Mi Tierra páginas inolvidables sobre la profanación de Santarém: "Ya me enfada Santarém; ya me cansan estas perpetuas ruinas, estos escombros interminables [...] De la bella iglesia gótica hicieron un depósito militar; anduvo la mano destructora del soldado quebrando y abollando esos monumentos preciosos [...] ¡Malditas sean las manos que te profanaron, Santarém; que te deshonran, Portugal; que te envilecieron y degradaron, nación que todo lo perdiste, hasta los monumentos de tu Historia!" Pero si Herculano y Garrett habían lanzado las semillas, había sido necesario que una generación entera las cultivase. Possidónio da Silva, a través de la Real Asociación de los Arquitectos Civiles y Arqueólogos Portugueses, había trabajado en el inventario de los monumentos. Gabriel Pereira, en las páginas de la revista Arte Portugueza, había desarrollado una teoría de conservación más próxima a Ruskin y Camillo Boito que a Viollet-le-Duc, defendiendo que se debería "salvar de la ruina, apenas; amparar, limpiar, quitar raíces, tapar grietas, lavar con agua"—y cuando fuese indispensable intervenir, las alteraciones deberían ser inmediatamente reconocibles, "saltar a la primera vista". Joaquim de Vasconcelos, con quien Ramalho había colaborado en la inspección de las Escuelas Industriales, estudiaba la pintura primitiva portuguesa y proponía intervenciones criteriosas en las obras de arte. Ramalho dialogaba con todos estos autores, citándolos, contestándolos a veces, pero siempre reconociéndolos como compañeros de lucha. La diferencia estaba en la síntesis que lograba realizar y, sobre todo, en la fuerza pedagógica de su escritura. Donde Herculano había sido profético y Garrett lírico, Ramalho era sistemático y combativo. Donde Possidónio inventariaba y Gabriel Pereira teorizaba, Ramalho denunciaba concretamente, señalaba responsables, proponía soluciones prácticas. Su contribución a la creación de una Historia del Arte en Portugal no estaba apenas en el análisis de los monumentos, sino en la construcción de un método. Influenciado por autores europeos—Chateaubriand, Raczynski, Victor Hugo, Viollet-le-Duc, Ruskin—pero atento a la especificidad portuguesa, Ramalho proponía que se crease un inventario artístico nacional asentado en bases científicas, con fichas descriptivas normalizadas donde constaran "los puntos más importantes de identificación de los bienes". A partir de esa información recolectada, se podría finalmente escribir "nuestra Historia del Arte en Portugal"—no una historia importada, calcada de modelos extranjeros, sino una historia fundamentada en el conocimiento riguroso del patrimonio nacional.