Esta tensión entre conformismo burgués y audacia literaria constituye el eje fundamental de la visión que Ramalho nos dejó de su ciudad natal. El burgués portuense — comerciante enriquecido, negociante del vino de Oporto, propietario urbano — era el blanco preferencial de la sátira de Ramalho. Estos mercaderes de los Clérigos, de la Rua Nova dos Ingleses y de la Rua das Flores:
hablaban a la gente, pavoneándose detrás de sus mostradores o de sus escritorios con el mismo encalado imponente y majestuoso que tendrían en las sillas curules de las casas del concejo portuense.
Figuras e Questões Literárias
El escritor veía en ellos la encarnación de una mentalidad conservadora y provinciana, contraria a las ideas nuevas y devota de la rutina de los negocios y las prácticas religiosas. Era esta clase la que llenaba las procesiones, organizaba las fiestas de iglesia y mantenía vivas las costumbres tradicionales, como las célebres súcias — las tertulias en las casas particulares donde, como escribió en Farpas I, se jugaba al quino marcado con frijoles y se bebía una taza de agua tibia, sirviéndose azúcar y leche mientras un perro de agua, en plata, sobresalía erizado de palillos en el centro de la bandeja de dulces.
El entretenimiento de la alta sociedad
Las diversiones de la buena sociedad portuense eran relativamente escasas pero rigurosamente codificadas. En invierno, había los conciertos mensuales de la Sociedad Filarmónica, en la Rua da Fábrica, el juego de la Asamblea Portuense, en la Rua do Almada, los bailes selectos de la Factoría Inglesa, esta última reservada a la aristocrática colonia británica. En verano, las familias embarcaban en barco de toldo para Oliveira, para Avintes o para Quebrantões, llevando consigo todo el aparato de la gastronomía dominical.
Ramalho pintó estas escenas con colores intensos:
El patrón, de quincena de mezclilla y sombrero de paja; las hijas al frente, en toilette de muselina; la mujer al lado, de falda de nobleza, guantes de algodón y la mantilla de conejo en el brazo; la criada con las ropitas nuevas de campesina de Maia; y el dependiente atrás con la cesta de los víveres.
As Farpas I
Y al anochecer regresaban por el río, mientras el eco de la sierra del Pilar repetía como en un sollozo, del otro lado, un plañidero arpegio de violín o un nostálgico rasgueo de guitarras.
En violento contraste con esta burguesía apacible destacaba la generación literaria que se reunía en la librería de Guichard, en la puerta de Moré y en el Águia de Ouro. Ramalho evocó con admiración y nostalgia aquellos tiempos en que Camilo Castelo Branco agitaba la ciudad con sus folletines mordaces y sus proezas románticas. Para estos dandis literarios,
el único enemigo común era la estupidez humana, representada por el honesto burgués de la Rua das Flores y de la Rua dos Ingleses, y era el espíritu inmovilizante de la rutina, simbolizado en el carroção vehículo familiar tirado por bueyes e inventado por el guarnicionero Manuel José de Oliveira.
As Farpas I
En el teatro de S. João
El Teatro de S. João era uno de los principales focos de la vida cultural portuense. Por allí desfilaron las grandes compañías líricas italianas que llenaban los escenarios portugueses con su vigoroso talento dramático. La Academia de Bellas Artes, aunque blanco de las críticas de Ramalho en cuanto a sus programas de concurso, representaba otro polo de actividad artística. El escritor siguió de cerca estas manifestaciones culturales en sus folletines del Jornal do Porto, donde se destacó como crítico teatral y de arte, demostrando ya aquella independencia y sagacidad que caracterizaría toda su obra futura.
Crónica de una visita de la realeza
Las visitas reales despertaban en la burguesía portuense un fervor monárquico que Ramalho describió con benevolencia divertida. Cuando la Familia Real visitaba la ciudad:
una amplia resonancia de verbena envolvió la Torre de los Clérigos. La ciudad entera, como un solo dandy, mandó hacer casaca... La Rua das Flores en peso, el Largo da Feira y las dos Ferrarias, la de Arriba y la de Abajo, se vistieron de corte.
As Farpas XI
Se erigían arcos triunfales, se prestaban vajillas para los banquetes en el Palacio de Cristal, y se ofrecían grandes llaves de cartón dorado, simbolizando las llaves de la ciudad. Este monarquismo fervoroso del Oporto burgués contrastaba irónicamente con la presencia, apostado en la puerta de Moré, de aquel a quien las Farpas denominaban el áspid de la Monarquía — el poeta republicano Gomes Leal, a quien Ramalho reconocía, sin embargo, elevado talento artístico.
Una visión política en mutación
El propio posicionamiento político de Ramalho Ortigão evolucionó a lo largo de la vida. Aunque inicialmente próximo a las ideas liberales y progresistas de la Generación del 70, el escritor se fue volviendo cada vez más crítico de la dirección que el país tomaba. La implantación de la República en 1910 representó para él una ruptura inaceptable. Con la muerte del rey D. Carlos y del príncipe heredero en 1908, y sobre todo tras la revolución republicana, Ramalho se autoexilió en Francia, regresando solo algunos años más tarde a Portugal, donde moriría en septiembre de 1915, en su casa de Lisboa.
Una ciudad dividida
El retrato que Ramalho Ortigão nos dejó de la sociedad portuense decimonónica permanece como un documento insustituible. En él encontramos una descripción minuciosa de costumbres y tipos sociales. Pero tampoco falta una reflexión profunda sobre las contradicciones de una ciudad dividida entre la tradición y la modernidad, entre el provincianismo confortable y la inquietud intelectual.
Ramalho fue testigo de esa época en que Oporto, manteniendo aún ese buen y saludable olor provincial, comenzaba ya a perder su identidad distintiva, transformándose en la ciudad comercial, civilizadamente cosmopolita, sin carácter y banal que deploraría en sus escritos más tardíos.