Sus descripciones del Oporto antiguo conservan una calidad casi arqueológica. Obsérvese, a modo de ejemplo, su descripción de la zona de Bainharia, así llamada por haber sido durante siglos lugar de bainharistas, artesanos que se dedicaban a la confección de las vainas de las espadas. A mediados del siglo XIX todavía era así, a los ojos de Ramalho:

estaba casi exclusivamente habitada por latoneros. Tenía toda ella un tono dorado producido por la refracción de la luz en las palanganas, en las cazuelas, en los candiles de tres mechas, en cobre pulido, colgados a las puertas; y el permanente martilleo de los alambres se avivaba con el mismo ruido laborioso y alegre del tiempo en que Aninha vivía allí cerca, en el bendito arco de Nuestra Señora de Sant'Ana.

Figuras e Questões Literárias
Casa-Torre en la Rua da Reboleira (s. XIV)

La Reboleira, angosta y tortuosa, con sus enormes losas de granito, se cerraba al borde del mar por el arco gótico de la Porta Nobre, y a las tres de la tarde, en verano:

la envolvía ya una sombra del crepúsculo, y el olor picante y aperitivo de las duelas golpeadas por los toneleros a la puerta de cada tienda le daba la sensación refrescante de bodega.

Figuras e Questões Literárias

La piqueta del progreso

Sin embargo, este Oporto pintoresco desapareció bajo la piqueta del progreso. Ramalho asistió a la demolición de los Arcos de Vandoma, del Postigo de Santo António do Penedo, de la Porta Nobre, de la Porta do Olival y de la Viela das Tripas, aquella donde vivían las triperas que dieron a los de Oporto el nombre de tripeiros. En su lugar surgieron las calles anchas de Mousinho da Silveira y de Passos Manuel, los nuevos barrios del Palacio y de la Duquesa de Braganza, edificios modernos pero frecuentemente desprovistos de carácter. El caserío tradicional, sin embargo, aún subsistía en muchas zonas, con los tejados de pizarra, las fachadas revestidas de azulejos, los dinteles de granito tan nítidamente escuadrados, confiriendo al conjunto un aire recio, saludable, alegre, armonizando bien con los tonos frescos del paisaje.

Defensor incansable del patrimonio nacional

La lamentación de Ramalho no era, sin embargo, la de un nostálgico inconsecuente. Como crítico de arte y defensor activo del patrimonio portugués, participó en comisiones de monumentos nacionales, redactó informes técnicos sobre restauraciones e intervenciones, y publicó estudios como O Culto da Arte em Portugal (1896), donde denunciaba sistemáticamente los atentados cometidos contra la herencia arquitectónica nacional.

Su atención se extendía desde los grandes monumentos a los objetos de arte decorativo, habiendo desempeñado un papel relevante en la catalogación de las colecciones reales para las exposiciones de Arte Ornamental de 1882 y de Arte Sacro de 1895. Su interés por la pintura primitiva portuguesa y por las artes menores — orfebrería, azulejería, mobiliario — se inscribía en un movimiento más vasto de redescubrimiento del patrimonio nacional que movilizó a intelectuales como Joaquim de Vasconcelos.

Lo que más deplora Ramalho es la pérdida de aquel buen y saludable olor provincial que tan especialmente impregna como de un aroma antiguo la prosa de sus grandes escritores — O Arco de Santana de Garrett y algunas de las novelas burguesas de Camilo Castelo Branco y de Júlio Dinis. Con la modernización de la ciudad desaparecieron no solo los monumentos sino también las costumbres:

Las antiguas costumbres locales desaparecieron con las literas de Lopes y de Carneiro, con las sillitas de la Rua do Almada, con las tortas del pastelero de la Rua de Santo António, con los carromatos de Manuel José de Oliveira, con los San Juanes de Lapa, de Bonfim y de Cedofeita, con las meriendas río arriba.

As Farpas I

Era todo un modo de vida burgués y provinciano que se esfumaba, sustituido por un cosmopolitismo que Ramalho consideraba incaracterístico y banal.