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Ramalho Ortigão: Una Vocación Patrimonial
José Duarte Ramalho Ortigão nació el 24 de noviembre de 1836, en la casa de Germalde, en la parroquia de Santo Ildefonso de Oporto. Su infancia transcurrió entre la quinta de la abuela materna y los campos del Norte, en una convivencia con el universo rural que le dejaron nostalgias indelebles y lo aficionaron, para siempre, a la vida rústica portuguesa. Pero fue en la adolescencia, durante la convalecencia de una fiebre escarlatina, que el destino literario de Ramalho se definió de forma irrevocable.
Una Epifanía Juvenil
El episodio es bien conocido. La madre le dio entonces a leer Viajes por Mi Tierra de Almeida Garrett. El impacto debió ser fulminante. En sus propias palabras, escritas décadas más tarde,
"Me quedó de memoria, me penetró enteramente, entró por así decir en la composición del cerebro y en la masa de la sangre ese libro de un encanto tan sugestivo y tan avasallante."
Lo que Garrett le había revelado no era solo el paisaje del Ribatejo—"tan penetrantemente portugués, tan avivado de ideas y de sentimientos"—sino un "poder mágico": el de la evocación artística. Y más: "una noción nueva me vino—la noción de la patria. Desde ese día—ahora lo comprendo bien—mi destino estaba fijado. Bueno o malo, tenía que ser fatalmente un escritor."
Esta epifanía juvenil moldeó toda la carrera de Ramalho Ortigão. En 1868, ya con treinta y dos años, se mudó súbitamente de Oporto a Lisboa, aceptando un cargo de oficial en la Real Academia de Ciencias. El cambio le trajo un nuevo círculo de amistades—los organizadores de las Conferencias del Casino, donde se destacaban Antero de Quental, Guerra Junqueiro y, sobre todo, Eça de Queirós, su antiguo alumno de francés en el Colegio da Lapa que se convertiría en amigo inseparable. Comenzaba allí una rica carrera literaria que lo llevaría a recorrer incansablemente el país, "por amor," como él mismo escribiría:
"recorrí repetidas veces la sierra de Ossa, de Arrábida, de Monchique, subí el Marão y subí la Sierra da Estrela. Por amor dormí a la intemperie en la campiña del Ribatejo."
Pero fue en la última década del siglo XIX que Ramalho encontró su verdadera vocación patrimonial. En 1894, tras regresar de Madrid, fue integrado como vocal en la Comisión de los Monumentos Nacionales, creada en el seno del Ministerio de Obras Públicas por el primer gobierno regenerador.
La misión de la Comisión era clara pero desafiante: inventariar, estudiar y conservar los monumentos históricos de la nación. Ramalho inició entonces una prolífica redacción de dictámenes técnicos, algunos de los cuales vendrían a tener impacto decisivo en la defensa del patrimonio portugués.