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Ramalho Ortigão y el Culto del Arte en Portugal
Ramalho Ortigão escribió a finales del siglo XIX, en una época en que Portugal había perdido el imperio, sufrió el trauma del Ultimátum británico de 1890, se descubrió potencia periférica en un continente dominado por naciones más pobladas, más industrializadas y más poderosas. Los monumentos nacionales—Batalha, Jerónimos, Tomar—yacían abandonados o eran objeto de "restauraciones" que Ramalho denunciaba como vandalismos disfrazados.
Ante esta doble ruina—la ruina física de los monumentos y la ruina moral de la nación que los abandonaba—Ramalho podría haber elegido el lamento nostálgico paralizante que se complace en contemplar el esplendor perdido. Eligió, por el contrario, la pedagogía combativa. Enseñaba que el patrimonio no es reliquia muerta a preservar bajo una campana de cristal, sino memoria viva que interpela el presente y condiciona el futuro.
La ventana de Tomar no sirve solo para informarnos sobre lo que Portugal fue en el siglo XVI; sirve sobre todo para interrogarnos sobre lo que Portugal es—y puede ser—en los siglos XX y XXI. Cuando Ramalho insistía en que la grandeza del arte manuelino resultaba de la libertad creativa de los artistas, de su coraje para transgredir los cánones, no estaba solo haciendo historia del arte. Estaba formulando un programa político y cultural para su tiempo: Portugal solo recuperaría vitalidad si reencontraba la capacidad de innovar, de reinventarse, de tener "fe en la verdad" que enuncia incluso cuando esa verdad incomoda las ortodoxias dominantes. La lección permanece válida, quizás aún más urgente en una época en que las presiones hacia la conformidad—económica, cultural, estética—son infinitamente más sofisticadas e insidiosas que en el siglo XIX.
Entre esos dictámenes, se destacaba uno sobre el Monasterio de Batalha y las intervenciones de restauración allí realizadas. El documento, inicialmente técnico, se expandió en una reflexión mucho más amplia sobre la condición del arte portugués en la contemporaneidad. En 1896, Ramalho publicó este trabajo con el título El Culto del Arte en Portugal, dedicándolo a la Comisión de los Monumentos Nacionales. La obra se convertiría en el más importante manifiesto decimonónico de defensa del patrimonio en Portugal, influyendo en generaciones de arquitectos, historiadores y conservadores, y manteniéndose relevante incluso durante el Estado Novo, décadas después de la muerte del autor.
El texto de más de cien páginas no era solo un diagnóstico de la situación del patrimonio artístico e histórico portugués—era un grito de alarma. Ramalho denunciaba el "lamentable estado de las artes en Portugal," fruto de la indiferencia y la ignorancia de una nación moderna incapaz de preservar las obras de su pasado. Influenciado por una vasta lista de lecturas—desde Alexandre Herculano, Possidónio da Silva y Gabriel Pereira, en el contexto portugués, hasta Chateaubriand, Raczynski, Victor Hugo, Viollet-le-Duc y Ruskin, en el europeo—Ramalho proponía soluciones concretas: la inventariación sistemática del patrimonio mueble con fichas descriptivas, la educación artística del pueblo, y la creación de una verdadera Historia del Arte en Portugal basada en fundamentos científicos.
El objetivo último era pedagógico: "Los monumentos y los objetos de arte nacional se guardan únicamente por el amor del pueblo, una vez despertado a la conciencia y al orgullo de sí mismo." Para Ramalho, la misión era clara: "proteger enseñando a amar." Solo a través de la educación patrimonial se podría salvar la "Tradición"—ese conjunto de elementos que constituía el verdadero alma de la nación, y que hoy designamos simplemente como Patrimonio.
El Contexto Histórico de la Publicación
La publicación de El Culto del Arte en Portugal en 1896 no surgió por casualidad. Se inscribía en un contexto histórico específico, marcado por el trauma nacional del Ultimátum inglés de 1890. Cuando Gran Bretaña exigió que Portugal abandonara sus territorios entre Angola y Mozambique, el país se vio herido en el orgullo y confrontado con su fragilidad política y militar. La reacción fue inmediata: por todo el país se generaron manifestaciones de desagravio, desde las altas individualidades hasta los gobiernos locales, en un brote de nacionalismo que abarcó todos los sectores de la sociedad portuguesa.
La crisis de 1890 acentuó las tensiones políticas y sociales ya existentes y precipitó la progresiva ruina de la monarquía constitucional, que se revelaba impotente ante el nuevo rumbo de los acontecimientos. El partido republicano, en crecimiento desde los años 70, encontró en esta coyuntura el momento crucial para hacer pasar su mensaje en pro del "resurgimiento de una identidad nacional." Pero el sentimiento nacionalista que entonces despertó no era solo político—era también, y sobre todo, cultural.
La defensa del patrimonio era, pues, simultáneamente científica, estética y patriótica. Era preciso salvar los monumentos no solo de la ruina física, sino también del olvido y de la descaracterización. Y era preciso, sobre todo, "educar al pueblo" para que amara lo que era suyo: "Los monumentos y los objetos de arte nacional se guardan únicamente por el amor del pueblo, una vez despertado a la conciencia y al orgullo de sí mismo."
La Actualidad del Mensaje de Ramalho Ortigão
La actualidad de este mensaje es perturbadora. Más de un siglo después de la muerte de Ramalho, continuamos debatiendo las mismas cuestiones: ¿cómo preservar el patrimonio sin momificarlo? ¿Cómo hacerlo accesible sin banalizarlo? ¿Cómo financiar la conservación en épocas de austeridad presupuestaria? ¿Cómo educar a las poblaciones para que reconozcan valor en aquello que heredaron? ¿Cómo evitar que las "restauraciones" contemporáneas—movidas por imperativos turísticos o por nociones equivocadas de "autenticidad"—repitan los errores que Ramalho denunció hace ciento treinta años? La ventana de Tomar, clasificada por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1983, se beneficia hoy de protección legal y de recursos financieros que Ramalho nunca imaginó. Y sin embargo, la cuestión de fondo permanece: ¿qué hacemos, como sociedad, con la memoria que heredamos?