Pero este esplendor visual no engaña a Ramalho Ortigão: el "celebrado Tajo" ha perdido mucho de su fama antigua y "algo perdió también de sus antiguas aguas". El escritor evoca testimonios de Fray Bernardo de Brito sobre barcos que navegaban a vela de Lisboa hasta Toledo, las vegas que Virgilio decía fecundadas por el viento, las cañas que proporcionaban plumas a los escritores romanos, el oro que dio un cetro a Don Juan III. Sobre todo, lamenta que ya no salgan de aquella bahía "los altivos galeones" del Renacimiento que barrieron del océano las viejas tradiciones de los Fenicios y Normandos para "abrir campo a la historia de nuevas hazañas". El extracto sintetiza la tensión fundamental de "Las Playas de Portugal": entre pasado glorioso y presente mediocre, entre grandeza perdida y modernización insuficiente. La ironía de Ramalho es sutil pero demoledora: "en compensación" tenemos el Terraplén con chimeneas de humo, fábricas, gasómetros, hoteles con banderas inglesas y carruajes americanos—todos símbolos de un progreso importado, cosmopolita, que apenas prueba "que algo se ha hecho en el Mundo en estos tres siglos que nosotros hemos pasado recordando" la gloria de los Descubrimientos. El contraste entre los galeones que conquistaron océanos y las "mulas brasileñas" que tiran de carruajes americanos es cruel: Portugal sustituyó la acción por el recuerdo, la epopeya por la nostalgia. Hoy, el visitante que navega por el Tajo continúa viendo un río majestuoso pero transformado. Las chimeneas industriales han dado lugar a arquitecturas contemporáneas, los vapores a ferries modernos, los hoteles decimonónicos a complejos turísticos. Observando el estuario con los "ojos de Ramalho", se puede reflexionar sobre cómo la relación de Portugal con el Tajo—y con su propio pasado—oscila perpetuamente entre memoria imperial y realidad periférica, entre la grandeza evocada y la modernidad importada, manteniendo siempre esa melancolía constitutiva de quien fue grande y sabe que ya no lo es.