En el Aterro, las "altas y esbeltas chimeneas empenachadas de humo" anuncian la llegada de la industria moderna: la fábrica de hielo artificial, el gasómetro, el taller de aserrado a vapor. Allí cerca, el Grande Hotel Central ofrece casa de baños y restaurante francés, mientras la bandera inglesa ondea en el Bragance Hotel. Carruajes americanos tirados por mulas brasileñas circulan sobre rieles modernos, salpicando el muelle con colores vibrantes. Este es el escenario que Ramalho describe en 1876, en una Lisboa que procura probar al mundo que "algo se ha hecho en estos tres siglos" desde los Descubrimientos.

El tono del fragmento es paradójico: hay en él un entusiasmo por la modernidad cosmopolita, pero también una ironía sutil sobre un país que vive recordando antiguas hazañas. Ramalho celebra los símbolos del progreso técnico – el vapor, el gas, el hierro –, pero la frase final revela la melancolía de quien reconoce que Portugal se limita a celebrar el pasado mientras otros construyen el futuro. Dos décadas después, este entusiasmo se convertirá en indignación cuando, en 1896, el escritor denuncia violentamente la instalación de la Fábrica de Gas junto a la Torre de Belém, símbolo máximo de la gloria nacional, ahora "enmascarado de carbón como un tonto de carnaval". La cuestión patrimonial le revelará los límites de un progreso que destruye la memoria.

Hoy, el Aterro ya no exhibe las chimeneas industriales que Ramalho observó. La Fábrica de Gas de Belém fue finalmente removida en 1928, tras décadas de protestas, y los hoteles cosmopolitas han desaparecido. Pero recorriendo la orilla del Tajo entre Belém y el Cais do Sodré, vale la pena reflexionar sobre esta tensión nunca resuelta entre modernización y preservación, progreso e identidad. Con los "ojos de Ramalho", el visitante puede preguntarse: ¿qué chimeneas aceptamos hoy erigir junto a nuestros monumentos? ¿Qué futuro construimos sin borrar el pasado?